En un pequeño pueblo, donde el tiempo parece pasar más despacio y la vida se llena de paz y naturaleza, los recuerdos permanecen como huellas que nadie puede borrar. Dicen que los pueblos tienen memoria, y en este rincón soñado esa memoria vive en cada calle, en cada familia y, sobre todo, en las historias que pasan de generación en generación. Y así lo atestigua el mío.
El verano llegaba a Santa Ana despacio, como si conociera de memoria el camino.
Una tarde caminaba con mi abuelo por la costanera.
—Abuelo —dije yo—, ¿vos alguna vez pensaste en irte de Santa Ana?
—¿Y para qué? —me preguntó.
—No sé. A veces siento que acá no pasa nada.
—Eso lo decís porque todavía no aprendiste a mirar —dijo mi abuelo, a lo que le sonreí, pero él se había quedado observando el paisaje—. ¿Sabés que antes por ahí pasaba el tren?
—¿Acá?
—Sí. El pueblo era distinto.
—¿Y qué pasó?
Mi abuelo tardó unos segundos en responder.
—La represa de Salto Grande.
—¿Qué había antes donde está el agua?
Mi abuelo me contó todo mientras volvíamos a casa.
Nuestros abuelos conocieron tiempos difíciles. Con la construcción de la represa de Salto Grande, muchas familias tuvieron que dejar atrás sus hogares. Bajo las aguas quedaron casas, el correo y el ferrocarril que comunicaba al pueblo con otras poblaciones.
Mientras mi abuelo me contaba la historia de nuestro pueblo, yo intentaba imaginármelo. Me costaba pensar que debajo del agua habían existido calles, casas y espacios que las personas habitaban en su vida cotidiana.
—Entonces Santa Ana desapareció —le dije a mi abuelo.
Él negó esto lentamente con la cabeza, pausó para pensar, y finalmente admitió:
—Una parte. Se perdieron lugares, caminos y sueños que durante tantos años habían formado parte de la vida de sus habitantes. Sin embargo, el desarraigo no logró borrar nuestras costumbres ni nuestras tradiciones. Poco a poco, aprendimos a recuperar y mantener vivas nuestras raíces.
Una parte… Esas dos palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza.
Al día siguiente me junté con mis amigos. Pasamos por la plaza, donde preparaban una actividad para la comunidad.
Como en todo pueblo, nuestra plaza también guarda sus propias historias. Allí festejamos el Día del Niño, celebramos las fiestas de la tradición y compartimos muchas otras fechas que reúnen a la comunidad y se convierten en actos escolares y momentos inolvidables.
Más tarde mis amigos y yo fuimos a la cancha y, después del partido, nos quedamos conversando en la vereda. Era una tarde cualquiera. Pero yo lo comenzaba a mirar todo de otra manera.
Al atardecer, la campana de la iglesia comenzó a sonar. Yo seguía sentado en la vereda con mis amigos, cuando escuchamos las campanadas. A nuestro alrededor, las personas que iban pasando por la calle fueron bajando la voz. Algunos se detenían, otros se saludaron con una expresión seria. Nadie necesitó preguntar qué había ocurrido. La campana ya lo había dicho. Había fallecido una vecina muy querida.
En ese momento recordé algo que me había dicho mi abuelo: ir a misa los domingos, tocar las campanas cuando alguien fallece y rendir honor a nuestra patrona, Santa Ana, arrojándole camelias, son algunas de las tradiciones que todavía forman parte de nuestra identidad.
Unos días después, volví a caminar con mi abuelo. Estábamos haciendo nuestra caminata cuando yo le hablé primero:
—Ahora creo que entiendo lo que me dijiste. Que yo no sabía mirar.
—¿Y qué ves ahora? —me preguntó él.
Tomé un momento para observar a mi alrededor: de un lado se veía la cancha, las casas a la distancia, el complejo termal. Del otro lado, podía contemplar la vista al lago de la costanera. Viendo estos paisajes, comencé a decir:
—Veo un pueblo que cambió. Pero también veo que algunas cosas siguieron. Cuando camino despacio por las calles de mi pueblo, todavía puedo imaginar el aroma de las comidas caseras preparadas en las cocinas a leña: la sopa, las empanadas, las tortas fritas y el asado de los domingos. También están los recuerdos de ir a la cancha y de escuchar, una y otra vez, las historias que nuestros padres y abuelos nos cuentan. Son pequeñas cosas que parecen sencillas, pero que guardan una parte de nuestra historia.
Le fui contando todo esto a mi abuelo mientras caminábamos despacio. Él asentía con la cabeza mientras yo le hablaba. Luego él añadió:
—Y esas pequeñas cosas también están en la forma en que vivimos y trabajamos.
En eso tenía razón. En mi pueblo también se trabajó durante generaciones cultivando citrus y distintas plantaciones. Entre ellas, la sandía llegó a convertirse en una parte importante de nuestras tradiciones y dio origen a su propia fiesta, un encuentro que reúne a las familias y mantiene vivo el espíritu de la comunidad.
Así, generación tras generación, la historia continúa. Aunque muchas cosas hayan cambiado, permanecen nuestras costumbres, nuestros recuerdos y el amor por este pequeño rincón soñado. Aquí, bajo el cielo abierto, las familias comienzan el día con un abrazo, preparan algo rico, conversan y disfrutan de la sobremesa.
El tiempo pasa, llegan nuevos rostros y cambian las modas, pero hay algo que permanece: el recuerdo de ser familia, el respeto por los mayores, la solidaridad con los vecinos y las historias que nuestros abuelos contaron alguna vez.
Este pequeño pueblo, que lo había perdido todo bajo las aguas, celebra hoy sin olvidar. Mira hacia adelante, pero mantiene siempre vivas sus costumbres y sus raíces, porque entiende que lo más importante es seguir viviendo, recordando y dejando huellas en el corazón.
Así, cada generación recibe una historia para contar y un legado para cuidar. Porque un pueblo no vive solamente de sus calles y sus casas, sino también de sus recuerdos, sus tradiciones y de las personas que, día a día, mantienen viva su identidad.
Casi sin darnos cuenta, el abuelo y yo estábamos volviendo de nuestra caminata y ya casi llegábamos a casa. Pasamos por la plaza para cortar camino. Ya estaba oscureciendo. Miré las luces de la plaza, y del otro lado de la calle, las de la capilla, y me quedé pensando.
Ahora entendía por qué mi abuelo nunca había querido irse. No porque el tiempo no hubiera cambiado este lugar, sino porque a pesar de todo, seguía reconociéndose en él. Y quizá eso era lo que hacía de Santa Ana, un rincón soñado.
Leonardelli, Emilio Víctor
Escuela secundaria N.º 1 – Santa Ana – 3er año – Categoría sub-15


