Eduardo Galeano, recolector de historias, escribió: “Yo creo que somos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos”. En Santa Ana, una nueva generación tiene el privilegio de ser nieta de esos días: las historias que vivieron nuestros abuelos vuelven a convertirse en las historias de un tiempo nuevo.
La palabra es una herramienta ineludible, pero encuentra en la escucha a su mejor aliada. Podríamos hablar, de manera más sencilla, de puentes: puentes que unen dos orillas, la de la memoria y la de la curiosidad. Sin embargo, en el uso de la palabra también existe una forma de trabajo, de esfuerzo y de movimiento; una manera de poner en marcha la maquinaria de la evocación.
Primero aparece con una camiseta de River —¿otra herencia, acaso?—, pero en apenas dos minutos pasa de futbolista a estudiante secundario, un sábado por la tarde. Al menos en apariencia.
Emilio tiene 14 años, es hijo de Mariela y Ariel y estudia en la escuela secundaria de Santa Ana. Aquella mañana de sábado, los diarios digitales de la región llevaban en sus portadas a un grupo de estudiantes que había participado en la instancia departamental de los Juegos Deportivos y Culturales Entrerrianos.
En el género cuento, la atención del jurado se posó sobre el relato de Emilio. El joven santanense sorprendió con una historia nacida de los recuerdos de su abuelo, Pedro Zarza, cuya voz sirvió como puente hacia las palabras que finalmente dieron forma a Un rincón soñado.
En su casa, entre sonrisas y algo de nervios, Emilio respondió algunas preguntas que nos permiten conocer cómo escribió el relato, qué sintió al enterarse de que había resultado ganador y de qué manera continuará su participación en el certamen.
—¿Cuándo y por qué decidiste participar?
—Fue por iniciativa de Celeste Arosio, mi profesora. Me tomé un día para pensarlo y decidí hacerlo. Yo ya venía escribiendo a partir de lo que nos piden en la escuela. Es algo que siempre me llamó la atención, pero, si no hay alguien que te encamine, es difícil comenzar de la nada.
—¿Habías escrito algo antes?
Piensa unos segundos y responde con algo de timidez:
—No. Puede haber habido algo, pero nunca con la intención con la que escribí este cuento.
—¿Cómo surgió el tema?
—Lo que más me llamó la atención fue la temática, porque había que escribir sobre el territorio. Al principio me costó relacionarla con la historia del pueblo, aunque la gente siempre habla o cuenta cosas acerca de cómo cambió Santa Ana con el paso de los años.
—¿Qué fue lo que te interesó de esas historias?
—Siempre me las contaron como algo difícil y triste para quienes lo vivieron. Eso me hacía pensar cómo podía haber recuerdos tristes de un lugar en el que viviste, pero que ahora cambió y es mucho más lindo. Para mí, pensar en la represa y en una mudanza es algo extraño, pero también forma parte de lo cotidiano. Siempre escuché que lo que ellos sentían era nostalgia, aunque no lograba entender del todo de qué se trataba ese sentimiento.
Al principio, el texto tenía una forma más rígida, cercana a una reseña histórica. Entonces apareció el desafío de la narración. Por propuesta de su profesora de Lengua y Literatura, Emilio tomó aquel breve escrito y comenzó a transformarlo en una pieza literaria. Fue allí donde surgió una de las claves del relato: la voz de su abuelo.
—Para incorporar personajes, primero pensé en mi papá, pero finalmente elegí a mi abuelo porque él me llevaba a pasear muchas veces y me contaba cosas del pasado.
—¿Qué era lo que más te llamaba la atención de esos relatos?
—Había dos cosas que siempre me sorprendían: el traspaso, como lo llamaba él, y el ferrocarril. Imaginar que un tren pasaba por Santa Ana me parecía increíble.
»Mi abuelo es una persona muy vinculada con la misa y con la Iglesia, y eso lo movilizaba mucho. Me contaba que antes la gente vivía de otra manera y siempre trata de reafirmar lo importante que es la Iglesia para la comunidad de Santa Ana.
—¿Creés que los chicos de tu edad conocen estas historias?
—La curiosidad siempre está, pero quizá no somos de preguntar o no es algo de lo que hablemos entre nosotros. Es como si fuera algo que les pasó a nuestros abuelos y hubiera quedado ahí. Ojalá que, a partir del cuento, otras personas quieran conocer más.
—¿Te gustaría seguir escribiendo?
—Me encantaría ser periodista y escribir historias.
—¿Qué fue lo mejor de esta experiencia?
—Cuando estábamos en San Salvador, una señora que ocupaba un lugar importante dentro de la organización se acercó y me felicitó. Me dijo que no conocía nada de la historia de Santa Ana y eso fue muy lindo para mí. Y, por supuesto, también estuvo la alegría de mi familia, que estaba muy emocionada.
A sus 14 años, Emilio encontró en la memoria familiar mucho más que el argumento para un cuento. Encontró una forma de mirar Santa Ana, de comprender la nostalgia de quienes vivieron su transformación y de tender un puente entre aquellas historias y una generación que comienza a contarlas con su propia voz.


